Los lectores de Pedro Salazar saben qué esperar cuando abren uno de sus libros: una tesis claramente formulada, un método explícito, una arquitectura argumentativa que conduce al lector de premisa en premisa. Sus trabajos sobre democracia, constitucionalismo y derechos son, en ese sentido, retratos realistas: buscan explicar fenómenos bien delimitados con las herramientas de la ciencia jurídica y la filosofía política. Totalitarismo total es otra cosa. No un edificio, sino una galería. Piezas que inquietan, fragmentos que golpean, líneas que convergen y se alejan, preguntas abiertas e imágenes que se quedan en la memoria. Es la decisión deliberada de un autor que decidió hablar, dialogar e interrogar a sus referentes en busca de respuestas. De un pensador que ha entendido que el fenómeno que pretende analizar no se deja atrapar con las herramientas de siempre.

El libro se organiza en torno a cinco problemas —el poder, la creatividad, la responsabilidad, la guerra y el amor— que no se resuelven, sino que abren preguntas y obligan a reflexionar sobre lo que, aunque incierto, ya es realidad. La pregunta que los atraviesa es: ¿cómo está transformando la inteligencia artificial (IA) las formas en que el poder se organiza, se concentra y se ejerce? La respuesta emerge, capítulo a capítulo, con una creciente desazón.
Para construirla, Salazar retoma la tríada de Max Weber —poder económico, poder ideológico y poder político— que su maestro Michelangelo Bovero trabajó con detalle. La apuesta central de la modernidad democrática fue mantener esas tres esferas separadas. Cuando se fusionan, cuando una sola entidad controla el dinero, las ideas y el Estado, el resultado no es una democracia con problemas. El resultado es, simple y llanamente, el “totalitarismo total”. Y la tesis del libro es que la IA está produciendo precisamente esa fusión, a una velocidad y una escala sin precedente histórico.
Salazar documenta esta tesis con hechos, no con hipótesis. En una cena en la Casa Blanca, en 2025, Donald Trump recibió a los directores de Apple, Meta, Google, Microsoft, OpenAI y Oracle: personas que controlan las empresas tecnológicas más poderosas del mundo, que poseen más capital que muchos Estados y que, además, dominan las plataformas que construyen el imaginario colectivo de cientos de millones de personas. En esa cena, Sam Altman agradeció el liderazgo presidencial como “un cambio muy refrescante”; Tim Cook anunció 600 mil millones de dólares de inversión. Se rindieron y se unieron. Este encuentro muestra con singular nitidez la nueva vinculación entre los poderes económico, político e ideológico.
Salazar escribe: poder económico, poder político y poder ideológico amalgamados. Y cita al filósofo Michael Sandel, quien lo sintetizó en un artículo de El País: “a pesar de toda la retórica populista, los que se benefician son multimillonarios y grandes corporaciones”.
Los cuatro capítulos restantes desarrollan el argumento en dimensiones distintas. El de la creatividad es el más íntimo: si la máquina puede generar obras que el derecho, por ahora, no atribuye a nadie, ¿qué queda de lo que nos hacía distintivamente humanos? La respuesta jurídica —la IA no tiene derechos de autor— convive con una lógica económica que apunta en dirección contraria: se le reconocerán derechos de autor a la IA. Salazar intuye que será la segunda la que prevalezca.
El de la responsabilidad regresa al terreno jurídico: cuando un sistema autónomo toma decisiones que dañan a personas —un dron que mata, un algoritmo que deniega un crédito, un sistema de vigilancia que identifica mal a alguien—, la cadena causal es tan larga y tan opaca que la responsabilidad se diluye antes de poder ser imputada. El riesgo inminente es la impunidad tecnológica.
El capítulo sobre la guerra es el más sombrío: el 2 de septiembre de 2025, un dron disparó contra una lancha en el Caribe y once personas murieron; Trump lo anunció con orgullo en redes sociales. Cambió, así, la guerra que conocíamos, pues ya no tiene rostro; ahora es automatizada, remota, algorítmica.
El capítulo sobre el amor es el más audaz del libro, y también el que articula con mayor hondura la tesis central. Salazar recupera una intuición de George Orwell: en 1984, Julia y Winston no son disidentes políticos en sentido estricto; son amantes. Su acto de rebeldía no es ideológico, sino erótico y afectivo. El Partido lo sabe, y por eso su proyecto de dominación total pasa necesariamente por la erradicación del amor: suprimir el deseo, disolver los vínculos, convertir a los hijos en espías de los padres. El amor, en Orwell, es lo que el poder totalitario no puede tolerar precisamente porque no atiende razones sino emociones, porque convoca, une y sueña al margen de cualquier cálculo. Es el residuo irreductible de lo humano.
Salazar lo refuerza con Bell Hooks, Erich Fromm y Jorge Luis Borges: el principio que sostiene al capitalismo y el principio del amor son incompatibles; el miedo —materia prima del poder— fomenta la separación, la alienación y el narcisismo; el amor, cuando elegimos ejercerlo, es un acto de resistencia contra todas esas fuerzas. El amor, dice Salazar, “es una fuerza irresistible y, en esa medida, desarmante”, antes de citar los versos de “El amenazado”.
La pregunta que el libro instala —y que no responde— es qué ocurre cuando la confusión de poderes que ya describen los capítulos anteriores alcanza también al amor. La respuesta que Salazar insinúa, sin embargo, nos alerta: si el mercado, el algoritmo y el poder político confluyen en plataformas que simulan el afecto —chatbots que imitan la reciprocidad, que aprenden los deseos del usuario, que producen la apariencia del amor sin su sustancia—, entonces el secuestro del vínculo afectivo no es una posibilidad futura, sino un proceso en curso. La persona que cree amar a un algoritmo ha caído, sin saberlo, en la trampa más sofisticada del totalitarismo.
La constelación de autores que Salazar convoca a lo largo del libro revela con claridad la amplitud de la tarea. Así, entre otros muchos, nos encontramos con Weber, Vitale, Bovero y Sartori, al lado de Von Neumann (“si tú me dices exactamente lo que las máquinas no pueden hacer, yo siempre seré capaz de construir una máquina que haga exactamente eso”), de Harari y de María Zambrano (“nada podrá dispensar al ser humano de abrazar su tiempo, su circunstancia histórica, por mucho que le repugne”). Recurre también, en el armado del libro, a Hannah Arendt (“no creen en nada visible; no confían en sus ojos ni en sus oídos, sino solo en sus imaginaciones”), a Michael Sandel y hasta a Jorge Luis Borges (“en el amor, tendré que ocultarme o que huir”). Su decisión tiene sentido, porque la IA convoca y desafía a todos.
Ahora bien, la forma fragmentada que el propio autor justifica en el prólogo —la velocidad del fenómeno impidió construir una obra más sistemática— es, al mismo tiempo, virtud y límite. El libro no construye un argumento acumulativo que pueda ser refutado o profundizado. La categoría central, “totalitarismo total”, nunca alcanza la precisión analítica que caracteriza sus trabajos anteriores: se invoca por acumulación dramática más que por derivación conceptual. Para un lector formado en el garantismo y la teoría constitucional, la diferencia metodológica resultará llamativa. El libro diagnostica con lucidez e insinúa rutas de reflexión.
Y, sin embargo, cuando se cierra el libro, la impresión que permanece no es la de una obra incompleta, sino la de un autor que decidió abrazar su tiempo. Lo que estas páginas revelan, debajo del análisis y la erudición, es el retrato intelectual de un hombre que se relaciona con la inteligencia artificial de una manera que excede lo académico. Es un autor fascinado: sin esa fascinación el libro no existiría. Es un autor asustado: el colofón que da título a la obra no es una hipótesis fría, sino una alarma genuina de alguien que reconoce los patrones de la historia. Es un autor cuestionado: cada capítulo le plantea preguntas que su formación anterior no había anticipado, y tiene la honestidad intelectual de no fingir que las tiene respondidas. Es un autor reflexivo: el libro es, en parte, un diario de pensamiento en tiempo real, con sus intuiciones revisadas a la luz de una nota periodística o de una conversación con un colega. Es, sobre todo, un autor de valores: debajo de la angustia hay una apuesta que no cede —la democracia constitucional, los derechos humanos, la autonomía de las personas—, que no aparece en el libro como certeza tranquilizadora, sino como un compromiso que se sostiene precisamente porque el contexto lo amenaza. Y es, finalmente, un autor resiliente: escribe sobre el abismo y no cae en él.
Totalitarismo total es un libro relevante. Nombrar lo que ocurre es ya un primer acto de defensa. En ese sentido, la propia escritura —imperfecta, fragmentada, urgente— es la respuesta posible a un tiempo que genera dudas e incertidumbre, pero que no puede, ni quiere, evadir. Eso es lo mejor que puede decirse del libro: que fue escrito porque es —aún— un acto de libertad.
Sergio López Ayllón
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM.